








Así comenzó la expedición
La mañana amaneció un poco fría y destemplada pero el paseo estaba previsto desde la semana anterior y no podíamos darnos por vencidos.
Sin sol, con algunas nubes deshilachadas pero con muchas sonrisas aventureras, partimos de expedición al río.
Nuestra escuela está muy cerca, así que sólo debíamos acomodar las mochilas con brújulas, lupas, frasquitos, redes, cañitas de pescar, guantes de hule, anotadores lapiceras, galletitas y partir.
La consigna expuesta por la profe de biología era descubrir sonidos, colores, formas y los miles de diminutos habitantes que a diario nos pasan desapercibidos en nuestro andar.
Desde la distancia vimos unos grandes pájaros posados sobre los sauces que gritaron molestos al percibir nuestra presencia.
Al llegar, se organizaron los grupos, se delimitaron los espacios con cordeles y estacas y desde ese momento, cada uno se convirtió en investigador de su propio área.
Los camalotes espiaban desde la orilla opuesta del río y algunos bichitos de humedad corrían presurosos a esconderse bajo las piedras.
Y así, comenzó la aventura esa mañana de mayo.
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Al otro día del paseo, la profesora de lengua, que también fue con nosotros, nos sugirió que pensáramos:
¿Qué habrá sentido el bicho bolita ante nuestra presencia? ¿Y la araña? ¿Y el sauce llorón siempre con sus ramas húmedas sobre el río? ¿Y los miles de camalotes orgullosos con sus flores?
Y cuantas cosas descubrimos que podíamos contar!
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